La presa La Amistad registró 25.8 por ciento de llenado el 12 de octubre de 2026, según la CILA mexicana.
México cerró el 24 de octubre de 2026 el primer año del ciclo 37 de entregas de agua del Río Bravo a Estados Unidos con el volumen mínimo anual comprometido: al menos 350 mil acres-pie, equivalentes a aproximadamente 431.7 millones de metros cúbicos. La Secretaría de Relaciones Exteriores presentó el resultado como un cumplimiento alcanzado mediante coordinación técnica y en medio de una sequía extrema.
La noticia resuelve una obligación inmediata, pero no permite afirmar que la cuenca haya recuperado su margen de seguridad. El último reporte disponible de la Comisión Internacional de Límites y Aguas, con datos del 12 de octubre, ubicó a la presa La Amistad en 25.8 por ciento de llenado y a Falcón en 17.6 por ciento. El contraste entre la cuota cubierta y los embalses presionados es el punto de partida para entender lo que viene.
Una meta anual dentro de una cuenta quinquenal
El Tratado de Aguas de 1944 no establece que México deba entregar exactamente 350 mil acres-pie cada año de manera aislada. La obligación se calcula como un promedio durante ciclos de cinco años: el compromiso acumulado equivale a 1.75 millones de acres-pie. El agua procede de aportaciones de seis tributarios mexicanos del Bravo, entre ellos los ríos Conchos, San Diego, San Rodrigo, Escondido y Salado, además del arroyo Las Vacas.
Por eso, el anuncio del 24 de octubre debe leerse como el cumplimiento del primer tramo del ciclo 37, no como una garantía para los cuatro años restantes. El periodo comenzó en octubre de 2025 y concluirá en octubre de 2030. La regla quinquenal ofrece flexibilidad para enfrentar años secos y húmedos, pero también puede trasladar la presión hacia los últimos años del ciclo si las lluvias no recuperan los almacenamientos.
El propio tratado contempla que, en casos de sequía extraordinaria, los faltantes al final de un ciclo se repongan en el siguiente. Esa cláusula evita que una emergencia hidrológica se convierta automáticamente en una ruptura jurídica, aunque no elimina el conflicto político ni la incertidumbre para quienes dependen del agua. La experiencia reciente muestra que cumplir al final de un periodo puede requerir decisiones apresuradas sobre presas, transferencias y prioridades de uso.
Lo que enseñan los ciclos anteriores
La comparación histórica es útil porque el ciclo 37 no parte de una relación hídrica sin antecedentes. Un informe técnico de la sección estadounidense de la CILA documentó déficits al cierre de los ciclos 1992-1997, 1997-2002 y 2010-2015. En los tres casos, las deudas fueron trasladadas al ciclo siguiente y posteriormente pagadas. También registró cierres ajustados en los ciclos 2002-2007 y 2015-2020.
El precedente más cercano muestra el riesgo de esperar hasta el final. En el ciclo 2015-2020, México transfirió agua almacenada en La Amistad y Falcón tres días antes de que terminara el periodo para evitar cerrar con déficit. Aquella salida permitió cumplir, pero reveló una vulnerabilidad: el tratado puede funcionar formalmente mientras la operación física se vuelve cada vez más estrecha.
La diferencia con 2026 está en el momento del cumplimiento. México alcanzó el mínimo del primer año antes de que el ciclo acumule varios años de presión. Eso reduce, por ahora, el riesgo de una deuda inmediata. Sin embargo, el almacenamiento reportado por la CILA indica que la cuenca no cuenta con una reserva holgada para repetir automáticamente la misma operación año tras año.
La comparación también tiene un límite. Un ciclo anterior no es un pronóstico: una temporada de lluvias abundantes puede modificar el balance en pocos meses, mientras que una sequía prolongada puede deteriorarlo aunque el primer año haya terminado conforme a la meta. Por eso, el dato decisivo no será sólo la cifra entregada, sino la trayectoria mensual de las entradas a las presas y de los escurrimientos de los tributarios.
Bravo y Colorado: dos acuerdos, dos problemas distintos
La relación hídrica entre México y Estados Unidos suele presentarse como si el agua del Bravo y la del Colorado formaran una sola cuenta diplomática. No es así. El mismo tratado distribuye recursos de ambas cuencas, pero las obligaciones, las fuentes y las condiciones operativas son diferentes.
En el Colorado, Estados Unidos debe entregar a México alrededor de 1,850 millones de metros cúbicos anuales. Esa asignación ha sido acompañada por instrumentos binacionales que permiten almacenar agua mexicana en instalaciones estadounidenses, establecer ahorros y repartir reducciones durante periodos de escasez. En el Bravo, en cambio, México debe aportar un promedio de 431.7 millones de metros cúbicos anuales a partir de tributarios mexicanos, con una contabilidad quinquenal.
La experiencia del Colorado ofrece una lección regional: los acuerdos más recientes han intentado anticipar la escasez mediante reglas de ahorro, almacenamiento y reducción compartida. Pero la comparación no puede convertirse en una receta automática para el Bravo. Las dos cuencas tienen geografías, presas, usuarios y mecanismos de medición distintos; además, el agua entregada en una no compensa jurídicamente una falta en la otra.
La enseñanza aplicable es más acotada: cuando la sequía deja de ser excepcional y se vuelve recurrente, la cooperación necesita reglas operativas que indiquen con anticipación qué se conserva, qué se libera, quién mide y cómo se protege el consumo humano. El acuerdo técnico anunciado en febrero de 2026 apunta en esa dirección, pero su valor dependerá de que sus criterios puedan revisarse públicamente y relacionarse con datos verificables de la cuenca.
La presión se queda del lado mexicano
El cumplimiento internacional no equivale a disponibilidad inmediata para todos los usuarios mexicanos. La misma agua que alimenta la contabilidad del tratado está vinculada con el abastecimiento de comunidades fronterizas, los sistemas de riego y la producción agrícola de Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Cuando las presas tienen niveles reducidos, cada decisión de almacenamiento o extracción modifica el margen de las siguientes semanas.
Los tributarios tampoco aportan agua de manera uniforme. El reporte de la CILA del 12 de octubre mostró caudales muy bajos en varios puntos de medición: 0.45 metros cúbicos por segundo en el Conchos, 0.28 en San Rodrigo, 0.07 en Las Vacas y 0.04 en Escondido. El Salado registró 15.54 metros cúbicos por segundo, pero un dato puntual no describe por sí mismo la recuperación de toda la cuenca.
Para las autoridades mexicanas, el reto del segundo año será evitar que el cumplimiento diplomático se convierta en una señal equivocada de abundancia. La planeación tendría que distinguir al menos cuatro variables: el volumen contabilizado para Estados Unidos, el agua almacenada que pertenece a distintos usuarios, los escurrimientos esperados y las necesidades de consumo humano y producción alimentaria.
En los distritos y módulos de riego, la señal más importante no será únicamente el porcentaje de llenado de las presas internacionales. También importarán los calendarios de asignación, la disponibilidad en las presas nacionales conectadas a los tributarios, la humedad del suelo y la evolución de los pronósticos de lluvia. Para las ciudades fronterizas, deberán vigilarse los niveles de sus fuentes de abastecimiento y cualquier restricción operativa que pueda afectar el suministro.
El segundo año se medirá por el margen, no sólo por la cuota
El cierre del primer año del ciclo 37 ofrece un respiro diplomático, pero no una solución definitiva. Estados Unidos ya había reclamado entregas y el gobierno de ese país mantiene el interés de sus agricultores del sur de Texas en que el flujo continúe y se atiendan posibles adeudos previos. México, por su parte, necesita demostrar que puede cumplir sin debilitar el abasto de las comunidades ni comprometer la producción de alimentos.
Durante el segundo año convendrá seguir tres señales. La primera será la evolución de La Amistad y Falcón después de la temporada de lluvias: si los porcentajes permanecen bajos, el cumplimiento dependerá de una administración más estrecha. La segunda será el comportamiento de los seis tributarios medidos por la CILA. La tercera será la publicación clara de los volúmenes entregados, almacenados y asignados a usuarios mexicanos.
La comparación con los ciclos de 1992-1997, 1997-2002 y 2010-2015 advierte que una deuda puede administrarse, pero también acumular costos políticos y económicos. La comparación con el Colorado sugiere que la previsibilidad requiere acuerdos más detallados. El límite de ambas lecciones es la realidad del Bravo: dos presas con reservas reducidas y una cuenca donde el agua debe sostener simultáneamente compromisos internacionales y vida cotidiana.
Si las lluvias no revierten la presión, el éxito del ciclo 37 dependerá menos de repetir una entrega mínima que de transparentar las decisiones antes de que llegue la emergencia. La primera prueba ya fue superada en los documentos de contabilidad; la siguiente será conservar suficiente agua para que el cumplimiento de un año no estreche las opciones de los cuatro restantes.
Fuentes consultadas
- Secretaría de Relaciones Exteriores: acuerdo técnico de febrero de 2026 sobre la gestión del agua del Río Bravo.
- Comisión Internacional de Límites y Aguas, sección mexicana: condiciones de las presas y afluentes del Río Bravo al 12 de octubre de 2026.
- Secretaría de Relaciones Exteriores: texto y distribución de aguas del Tratado de 1944.
- Comisión Internacional de Límites y Aguas de Estados Unidos: informe sobre los retos de las entregas del Río Grande y antecedentes de ciclos anteriores.
- La Jornada: reporte del anuncio de cumplimiento del primer año del ciclo 37, publicado el 24 de octubre de 2026.
- El Economista: fecha y duración del ciclo 37.


